viernes, septiembre 28

EL CLUB DE LOS MENTIROSOS

Por décadas en la población de Chirca, en los Yungas paceños, los mayores han matado el tedio inventando historias que entremezclan la realidad con la ficción.

Texto y fotos: Javier Badani Ruiz
Publicado en la revista ESCAPE
Goni es un caballo bien educado. Cada vez que la sed le invade, este equino de tres años se dirige al hogar de su dueña. Ya en la puerta, el animal —que nació el día en que Gonzalo Sánchez de Lozada renunció a la presidencia— anuncia su presencia golpeando con sus pezuñas el portón metálico. Desde el interior, la voz de Gerbasia Aguilar retumba: “¡Ya te dije que no toques tanto!”.
Esta escena, difícil de asimilar para el ojo citadino, es una de las vivencias que se observan en la población yungueña de Chirca, a 21 kilómetros de Chulumani.
Además de despertar curiosidad, dichos eventos inspiran la imaginación de los miembros del “sindicato de los mentirosos”. Esta singular institución nació hace décadas en las reuniones de los varones del pueblo, quienes aún hoy buscan, a través de la narración de inverosímiles historias —que, sin embargo, se entremezclan con hechos reales— romper el silencio que acecha a esta localidad habitada en su mayoría por rentistas.
“¿Se acuerdan cuando al Narciso le mandaron distintas semillas para sembrar? En el trayecto éstas se mezclaron por lo que las tuvo que plantar en un solo hueco. Al mes nació un zapallo de 120 kilos. Cuando lo partió, de su interior salieron cebollas, tomates, naranjas y hasta un enlatado de sardinas”. Es sábado por la noche y la voz de Efraín Gutiérrez anuncia que la lucha por la presidencia del sindicato de los mentirosos se ha iniciado.
El huevo de avión
Después de Copacabana, Chirca es considerado el segundo santuario de La Paz. Este hecho no es casual, ya que en su interior se halla la imagen de la Virgen de la Natividad, que desde el 30 de agosto —y hasta el 8 de septiembre—, recibe cada año a centenares de fieles que agradecen los milagros de la “mamita”.
Leonel Rodas Michel (87) recuerda que Chirca se fundó luego de la desaparición de la población de Churiaca, en 1685. “De allí voló una paloma que luego se posó en un árbol de cerezo. Los comunarios del lugar intentaron cazarla sin éxito y al acercarse notaron que en el árbol se hallaba tallada la imagen de la Virgen, la que tenía dos cuerpos”, relata. Entonces, en el mismo lugar se construyó un templo y detrás de éste un camarín. De esta forma, se mantuvo expuesta en ambos espacios las figuras del tronco de cerezo.
“Un párroco decidió cortar el madero por la mitad. La Virgen no quería, por eso se dice que, como castigo, el religioso murió. Al carpintero que cumplió la orden no le fue mejor: se le secó el brazo y con los años se le cayó”, complementa José Luis Tamayo, quien, como la mayoría de los 500 habitantes de las 11 comunidades que conforman este cantón, conoce al dedillo el génesis de Chirca.
Desde entonces, la imagen comenzó a ganar fama de milagrosa. “De distintos puntos del departamento comenzaron a llegar personas pidiendo y agradeciendo los favores de la Virgen”, explica Rodas. Los peregrinos, sin embargo, a cambio se llevaban un pedazo del tronco que luego de 300 años se halla hoy en su mínima expresión.
Un pequeño museo ubicado en este templo yungueño resguarda hoy el pedazo de aquel árbol de cerezo. Esta pieza, sin embargo, ya no se expone al público, salvo los días de la fiesta patronal.
Actualmente, las dos imágenes de la Virgen de la Natividad se exponen en el camarín, pero sólo una de ellas, la llamada “representante”, es sacada para la procesión.
“A la Virgen no le gusta que la muevan. Cuando era pequeño me acuerdo que, desesperados, los ancianos del pueblo intentaron sacarla para que ayude a combatir una sequía de seis meses. Ni bien la imagen asomó a la puerta del camarín, cayó una tormenta de agua con gotas que eran mucho más grandes que este cenicero”, asegura Edwin Vega Rodríguez.
Este hombre explica que para evitar la molestia de la Virgen, ahora un rústico torno es utilizado para rotar a la imagen desde el camarín hasta la nave principal de la Iglesia. Esto sucede cada 8 de septiembre, cuando se recuerda su aparición en la fiesta patronal.
Esta celebración, sin embargo, se inicia el 30 de agosto, cuando las mujeres del pueblo —la mayoría proveniente de La Paz— proceden a mudar de vestimenta, maquillar y peinar a la Virgen de la Natividad.
“Toda la mañana se encierran las mujeres —preferiblemente las solteras— para arreglarla. Los hombres esperamos afuera a que ellas terminen para ponerla rápido una vez más a su altar”, comenta Vega.
A pesar de su alta devoción, este chirqueño prefiere narrar al visitante otro tipo de historias.
“Un día uno de nuestros vecinos salió a cazar. De pronto en el camino halló un huevo gigante. ‘Huevo de avión había sido’”, nos dijo cuando volvió. Luego nos contó cómo con un machete había partido el huevo y, de adentro, dos avioncitos volando habían salido. ¿Se imagina?. Esta noche se prevé una dura competencia entre los miembros del club de los mentirosos. Será en casa de los Gutiérrez.
Un suicida frustrado
Hoy no habrá pan en Chirca. Doña Lucy, la encargada de su elaboración, está de viaje. Por un par de días, el medio centenar de habitantes de este poblado tendrá que conformarse con acompañar su desayuno con galletas de agua.
En el hogar de Lucy —que acoge una tienda, un billar y un restaurante que sólo funciona cuando cae algún visitante—, un grupo se ha reunido en torno a un par de cervezas y a los consejos de la misa que se escabullen desde una radio. Son los descendientes de los fundadores del Club de los mentirosos.
“Los mayores se reunían en las noches para contarse historias entre sí. Pronto surgió la idea de formar un sindicato. Así, el que inventaba la mejor historia era designado presidente de esta institución”, recuerda José Luis Tamayo.
Entonces, el pueblo estaba dividido entre los placeros (los que habitaban la plaza y que eran de familias prósperas) y los laderos (quienes habitaban en las laderas y que en su mayoría eran pobres).
“Había mucha competencia entre ambos grupos, la cual se saldaba con partidos de fútbol”, recuerda Efraín Gutiérrez, que entonces representaba a los laderos.
Este jubilado de la mina Chojlla —como la gran mayoría de los varones de Chirca— aclara, sin embargo, que toda esa diferencia social terminaba a la hora de escuchar los cuentos de los mayores.
Hoy, Gutiérrez y sus compañeros mantienen viva la tradición de aquellos legendarios mentirosos. “Diga que don Luchito una vez ha tratado de ahorcarse, pero amarrándose la soga en el estómago. ‘¿Y por qué no se amarra la cuerda en el cuello?’, le hemos sugerido, y nos ha respondido: ‘Y después ¿cómo voy a respirar, pues?’”. Las carcajadas rompen el conmovedor silencio que cobija la noche en Chirca. En las próximas horas, las historias de caballos que tocan puertas y de chanchos que caminan con muletas desafiarán todos los límites entre la imaginación y la realidad.