Boulocq apuesta por la intimidad en Rojo
Liliana Carrillo V.,periodista
Desde su ópera prima, Lo más bonito y mis mejores años, Martín Boulocq ha construido su cine en la exploración de mundos individuales. Rojo refuerza esa búsqueda. Un mujer con cáncer. Un hombre que ama a la mujer con cáncer y el miedo como barrera entre ambos. Esos son los elementos que arman la trama del corto. En los roles protagónicos, dos actores de teatro: Patricia García, sólida pero sin la convicción que transmite en las tablas, y Daniel Aguirre, que aquí es capaz de crear complicidades. Al reparto se suma el escritor Ramón Rocha y actúa, aunque su papel se restringe a tomar un “caj” y llevar en brazos a una niña.
En Rojo hay sobre todo una atmósfera de deseperación, un augurio de sangre. Boulocq recurre a primeros planos, a tomas largas, a juegos de espejos para transmitir el temor de Pilar, así se llama la protagonista. Su historia apenas tiene contexto, acaso no lo necesita.
No es casual que el guión sea resultado de la complicidad de Bouloc
q y Rodrigo Hasbún. Cineasta y escritor son parte de una generación que hace su obra a partir del descreimiento postmoderno y que conoce su oficio (el texto del narrador tiene partes sobresalientes).
Rojo no es un film grato, agobia. No es ágil, aburre. Su mérito es indagar en intimidades y no es fácil verse desnudo.
Amarillo, una metáfora visual sin resolución
Javier Badani Ruiz, periodista
El oficio de Sergio Bastani es la imagen. Y en ello es todo un artista, como lo demostró en El jardín de las rubias, en 2008. Sin embargo, al apreciar Amarillo concluí que una cosa es concebir desde la experimentación artística un videoarte y otra, muy distinta, llevar este recurso al cine.
Amarillo, dirigido por el tarijeño, cuenta con instantes de ensueño, óleos visuales que invitan a volar. Quizás demasiado. Bastani se pierde en el uso de metáforas y simbolismos a través de la imagen, que no encuentran una propuesta narrativa de la cual el espectador pueda asirse. Esto, en cambio, no sucede en las propuestas de Martín Boulocq y Rodrigo Bellot, que cuentan con una trama, característica del lenguaje del cine.
En Amarillo, la historia se muestra encriptada para el público. Lo evidente: un niño (Santiago Rozo) se esconde en la parte trasera de un camión, alejándose de su casa. Por alguna razón baja del vehículo, luego de un largo viaje. En su travesía de regreso descubre un universo andino.
Sin embargo, lo evidente se torna confuso a la hora de evaluar el conjunto. La falta de diálogos no aporta en esta ocasión y obliga al espectador a intentar adivinar las intenciones narrativas que propone la pieza, a encadenar a la fuerza las imágenes para entender qué se quiere decir. Una obra cinematográfica no debería necesitar una explicación fuera de sí misma. Ésa es una tarea pendiente para el director.
Rodrigo Bellot exhibe su madurez en Verde
Mabel Franco, periodista
Rodrigo Bellot ha construido un guión lo suficientemente sólido como para permitir que los personajes, en los 30 minutos que dura el film, crezcan ante los ojos del público, se conviertan en seres de carne y hueso. Tal cual pasa con la historia que, a partir de su singularidad, de su extrema sencillez, permite tantas lecturas como las que ensaye el espectador. Esta última posibilidad no debe entenderse como algo azaroso; es el resultado de la capacidad del cineasta para construir signos que él carga de sentidos y entrega luego en los diálogos, en los personajes, en el paisaje, en los tiempos, en las canciones, en el verde...
Un desamparado joven es acogido por un amigo, que no sólo lo lleva a su casa, donde la madre le hace un lugar, sino que le consigue trabajo en la misma hacienda ganadera de Santa Cruz donde él sirve. Las relaciones, en principio harto amigables, se irán deteriorando. Y el grupo circundante mostrará su enorme fragilidad ante los rumores y los prejuicios. Todo esto, en un mundo machista y en un momento en que la ideas de las autonomías —léase cambio, léase independencia— ocupan a los habitantes de esa parte de Bolivia.
Bellot no sólo confirma su madurez en el oficio, sino que exhibe una mirada crítica sobre su entorno sin caer en panfletos o maniqueísmo. Está además su ojo para elegir actores: Lorena Sugier, Ismael Suárez y Diego Paesano no pueden ser más convincentes.
Rojo Amarillo Verde fue planteada como una trilogía sobre Bolivia. La bandera que se teje en el principio acentúa esta idea. Resulta interesante que las tres lecturas abran el abanico y muestren que el cine boliviano no tiene por qué ser político o social o algo preestablecido. Puede ser intimista, coyuntural, etc., etc. lo importante es que mueva algo en el espectador.
Nota publicada en la revista Tendencias.