domingo, octubre 25

TRES MIRADAS EN ROJO AMARILLO Y VERDE

Boulocq apuesta por la intimidad en Rojo
Liliana Carrillo V.,periodista
Desde su ópera prima, Lo más bonito y mis mejores años, Martín Boulocq ha construido su cine en la exploración de mundos individuales. Rojo refuerza esa búsqueda. Un mujer con cáncer. Un hombre que ama a la mujer con cáncer y el miedo como barrera entre ambos. Esos son los elementos que arman la trama del corto. En los roles protagónicos, dos actores de teatro: Patricia García, sólida pero sin la convicción que transmite en la
s tablas, y Daniel Aguirre, que aquí es capaz de crear complicidades. Al reparto se suma el escritor Ramón Rocha y actúa, aunque su papel se restringe a tomar un “caj” y llevar en brazos a una niña.
En Rojo hay sobre todo una atmósfera de deseperación, un augurio de sangre. Boulocq recurre a primeros planos, a tomas largas, a juegos de espejos para transmitir el temor de Pilar, así se llama la protagonista. Su historia apenas tiene contexto, acaso no lo necesita.
No es casual que el guión sea resultado de la complicidad de Boulocq y Rodrigo Hasbún. Cineasta y escritor son parte de una generación que hace su obra a partir del descreimiento postmoderno y que conoce su oficio (el texto del narrador tiene partes sobresalientes).
Rojo no es un film grato, agobia. No es ágil, aburre. Su mérito es indagar en intimidades y no es fácil verse desnudo.


Amarillo, una metáfora visual sin resolución
Javier Badani Ruiz, periodista
El oficio de Sergio Bastani es la imagen. Y en ello es todo un artista, como lo demostró en El jardín de las rubias, en 2008. Sin embargo, al apreciar Amarillo concluí que una cosa es concebir desde la experimentación artística un videoarte y otra, muy distinta, llevar este recurso al cine.
Amarillo, dirigido por el tarijeño, cuenta con instantes de ensueño, óleos visuales que invitan a volar. Quizás demasiado. Bastani se pierde en el uso de metáforas y simbolismos a través de la imagen, que no encuentran una propuesta narrativa de la cual el espectador pueda asirse. Esto, en cambio, no sucede en las propuestas de Martín Boulocq y Rodrigo Bellot, que cuentan con una trama, característica del lenguaje del cine.
En Amarillo, la historia se muestra encriptada para el público. Lo evidente: un niño (Santiago Rozo) se esconde en la parte trasera de un camión, alejándose de su casa. Por alguna razón baja del vehículo, luego de un largo viaje. En su travesía de regreso descubre un universo andino.
Sin embargo, lo evidente se torna confuso a la hora de evaluar el conjunto. La falta de diálogos no aporta en esta ocasión y obliga al espectador a intentar adivinar las intenciones narrativas que propone la pieza, a encadenar a la fuerza las imágenes para entender qué se quiere decir. Una obra cinematográfica no debería necesitar una explicación fuera de sí misma. Ésa es una tarea pendiente para el director.

Rodrigo Bellot exhibe su madurez en Verde
Mabel Franco, periodista
Rodrigo Bellot ha construido un guión lo suficientemente sólido como para permitir que los personajes, en los 30 minutos que dura el film, crezcan ante los ojos del público, se conviertan en seres de carne y hueso. Tal cual pasa con la historia que, a partir de su singularidad, de su extrema sencillez, permite tantas lecturas como las que ensaye el espectador. Esta última posibilidad no debe entenderse como algo azaroso; es el resultado de la capacidad del cineasta para construir signos que él carga de sentidos y entrega luego en los diálogos, en los personajes, en el paisaje, en los tiempos, en las canciones, en el verde...
Un desamparado joven es acogido por un amigo, que no sólo lo lleva a su casa, donde la madre le hace un lugar, sino que le consigue trabajo en la misma hacienda ganadera de Santa Cruz donde él sirve. Las relaciones, en principio harto amigables, se irán deteriorando. Y el grupo circundante mostrará su enorme fragilidad ante los rumores y los prejuicios. Todo esto, en un mundo machista y en un momento en que la ideas de las autonomías —léase cambio, léase independencia— ocupan a los habitantes de esa parte de Bolivia.
Bellot no sólo confirma su madurez en el oficio, sino que exhibe una mirada crítica sobre su entorno sin caer en panfletos o maniqueísmo. Está además su  ojo para elegir actores: Lorena Sugier, Ismael Suárez y Diego Paesano no pueden ser más convincentes.
Rojo Amarillo Verde fue planteada como una trilogía sobre Bolivia. La bandera que se teje en el principio acentúa esta idea. Resulta interesante que las tres lecturas abran el abanico y muestren que el cine boliviano no tiene por qué ser político o social o algo preestablecido. Puede ser intimista, coyuntural, etc., etc. lo importante es que mueva algo en el espectador.
Nota publicada en la revista Tendencias.

miércoles, octubre 21

EN EL ARTE nO ToDo VaLE

Crear comida de peces con el cadáver de un criminal condenado a muerte, exponer en una sala a una persona agónica, captar en video el asesinato de un animal... Estas son algunas de las propuestas de los seguidores del shock-art. Su objetivo: atraer la atención del público a través de obras perturbadoras. El shock-art es tan sólo una de las tantas corrientes que han surgido en las últimas décadas, tanto bajo el manto del arte contemporáneo como bajo el impulso, en los últimos años, de nuevos soportes tecnológicos e informáticos.
Estos lenguajes de vanguardia han avivado en el mundo el debate sobre la definición del arte y su discurso. ¿Hacia dónde va la creación artística? ¿Es más importante la técnica que el concepto? ¿Tiene límites el trabajo creativo? ¿Se debe volver la mirada hacia los lenguajes tradicionales del siglo XIX?
Estas reflexiones recalaron en la VI Bienal Internacional de Arte Siart, de la mano de los jurados internacionales que evaluaron los trabajos presentados en este evento, que hasta el 14 de noviembre mostrará en La Paz el trabajo de los artistas contemporáneos de 26 países de América, Europa y Asia.
“En el arte no todo vale. Hay que recuperar el oficio. Observando los trabajos concursantes en el Siart, comprobé la tendencia mundial de los jóvenes artistas de abrirse a nuevos lenguajes de expresión y a nuevas herramientas tecnológicas. Uno de los peligros de esto es quedarse enganchado en la dimensión técnica y no aportar nada más. La técnica tiene que estar al servicio de una idea conceptual. No sirve de nada utilizar nuevas tecnologías dentro de las nuevas expresiones artísticas si no hay un contenido conceptual profundo”, señala el español Dino Valls, quien reivindica el retorno del arte a las técnicas tradicionales para buscar una renovación creativa.
Para la crítica de arte argentina, Margarita Schultz, la discusión principal pasa por el tema ético. “No me refiero a la moral o a la moralina. Me refiero a que el arte no debe caer en la crueldad para exponer una idea”. Schultz recordó al artista Guillermo “Habacuc” Vargas, quien el año 2007 expuso en Nicaragua a un perro agonizante.
Los límites del arte siempre fueron un tema de debate, explica Schultz, quien llegó al país para formar parte del jurado del Siart y para dar talleres, gracias a la Fundación Simón I. Patiño.
“De aquí a cinco años, cuando miremos lo que se hace haciendo hoy, lo veremos como algo normal. La historia lo demuestra. Cuando aparecieron los impresionistas, por ejemplo, fueron expulsados de los salones académicos europeos por romper los cánones de entonces. La clave es equilibrar técnica y ética”.
La irrupción de nuevas tecnologías en el ámbito de la creación artística centra ahora la atención de la crítica. El trabajo con soportes digitales e informáticos crece en una proporción geométrica.
Artistas como el chileno Gonzalo Mezza, por ejemplo, suben a internet sus obras para permitir que cualquier internauta intervenga en ellas. Mezza da la posibilidad a las personas de cambiar los colores, añadir textos o separar la pieza en secciones. “Esto representa un cambio de concepción en la idea de autor. Lo que se llama la autoría, aquí se desvanece. El autor aquí es un colectivo”.
Otros creadores recurren a la robótica, como el colectivo argentino Biopus que en una exposición utilizó un robot para que, a partir de piezas de desecho que el público escogió, forme figuras.
Para el español Dino Valls, el uso de estos nuevos lenguajes, como también aquellos impulsados por los formatos audiovisuales, pueden llegar a distorsionar la propia esencia del arte.
“Hay una falsa creencia y el deslumbramiento por las nuevas tecnologías, pensando que es el único lenguaje que el artista contemporáneo puede contemplar. Ése es un error que muchas veces lleva a los jóvenes artistas a centrarse en la técnica y no en el concepto”. El crítico de arte evidenció esta tendencia en los trabajos presentados en el Siart.
“Hay que volver a abrir la posibilidad de desarrollar las técnicas que históricamente han funcionado desde el siglo XIX; incluso para volverlas del revés, no para copiarlas. Usarlas como base para nuevos aportes. Hay que abrir terreno para que se vuelvan a desarrollar esas técnicas, abandonando el prejuicio de que no son contemporáneas”.
Valls apunta a que los grandes cambios dentro del arte han venido mediatizados por directrices económicas. “La principal aportación en el arte del siglo XX fue el mercado del arte. Hizo cambiar y crear una preponderancia de unas vanguardias sobre otros métodos de trabajo”.
El paceño Roberto Valcárcel, el único boliviano en el jurado de la Bienal, señala que el uso de las técnicas del arte contemporáneo están siendo usadas a la ligera.
“A veces se cree que porque se agarra un video y se graba un rato ya se obtiene una obra de arte. Eso no es así. El medio del arte contemporáneo que utilices (videoinstalación o performance, entre otros) no te garantiza calidad artística. No sólo hace falta que la gente asuma aspectos superficiales y formales del arte contemporáneo, sino que comprenda que detrás de eso hay cosas más profundas e interesantes de lo que la obra propone”.
“El arte contemporáneo aparentemente es bastante atrevido, informal y sumamente irreverente, pero en el fondo responde a postulados profundos que el artista tiene que saber”.
Para el artista paceño, una de las falencias en Bolivia se centra en la falta de una base teórica. “El gran ausente es el aspecto de la lectura. La gente no lee teoría del arte contemporáneo y no se entera de sus postulados. El artista maneja de manera intuitiva herramientas como la videoinstalación. Me atrevo a decir que en Bolivia no hay una sola buena librería de arte contemporáneo”, señala Valcárcel.
Apunta, asimismo, a una confusión entre ilustración y arte. “Los jóvenes tienen una tendencia al barroquismo, a hacer una ensalada a nivel visual y de ideas. El arte contemporáneo consiste en hacer condensaciones a nivel del sentimiento e intelectual. El artista, a través de la creatividad, debe proponer y postular nuevas miradas sobre el mundo”.