jueves, diciembre 26

DE "CHOLAS HEDIONDAS" E "INDIOS DE MIERDA"

Nos gusta creer mentiras que nos hagan sentir que somos gente de bien. No sólo de vender mentiras a los demás se trata sino de consumir las mamadas ajenas en cantidades equivalentes. Una de ellas es que tras una década de cambios en el país lxs bolivianxs hemos cambiado. Que somos una sociedad inclusiva donde la plurinacionalidad florece cual hierba en el campo. Más o menos que en esta tierra nos amamos lxs unos a lxs otrxs sin importar el color de piel o el origen de nuestras células. Y eso, simplemente, no es verdad. 


Claro que los contrapesos del poder son distintos, claro que se han abierto espacios de inclusión que antes eran impensables, claro que se han erigido normativas que castigan la discriminación. Pero todas estas son simples edificaciones que nos encanta adornar por fuera pero que evitamos habitar. Nuestras malas manías hacia el "otro" se mantienen intactas. Seguimos manteniendo las brechas que nos separan: entre cambas y collas; entre "morenitos" y "blanquitos".  Porque como ciudadanxs no nos ha interesado aprovechar este momento histórico para intentar conocer (entender) al "otro". 

Los discursos sonarán muy bonitos, pero lo que somos realmente se delata en nuestro cotidiano accionar. "Esas cholas hediondas", "Esos indios de mierda", por ejemplo, son añejas "construcciones" linguísticas que se mantienen vivas en los labios de jóvenes del oriente boliviano. 
Los comencé a escuchar en mi niñez durante los viajes de vacación de fin de año por los terruños de mi madre, resonaron con más fuerza cuando Evo Morales llegó al poder y hoy continúan tan vigentes como ayer, tal y como acabo de comprobar. 
Ser andinx te disminuye como humanx.

Antes solía indignarme hasta el extremo; hoy, con 38 años encima, ya no. Porque comprendo que la tolerancia no se puede imponer; porque entiendo que es una lógica de vida para algunos y un largo camino de exploración para aquellxs que han decidido intentar abrirse, conocer y entender al "otro". Es, en todo caso, un camino personal más que colectivo, un sendero que ninguna ley o castigo normativo podrá abrir.

Me pregunto, ¿cuántas generaciones tendrán que pasar para que dejemos de mentirnos? Quizás si nos dijéramos las verdades intentaríamos cambiar, o no?

No hay comentarios: