jueves, enero 23

EL LADO OSCURO DE ALASITA

Es tiempo de Alasita. Seguro que, como lo haces cada 24 de enero, te escaparás de tu trabajo a las 11.30, te sumarás al paso urgente de la muchedumbre que poblará las ferias, comprarás aquellas miniaturas que anhelas se transformen en una realidad y a las 12.00, lleno de esperanza, las pasarás por sahumerio.
Pero, ¿será que en algún momento te preguntarás en qué condiciones se han realizado esos coquetos objetos? Lo más seguro es que no.
Cada miniatura de Alasita cuenta una historia. La mayoría habla de emprendedores artesanos, pero hay otras que develan casos que rayan en la esclavitud. Hay reclusos del penal de San Pedro que han muerto como consecuencia del trabajo inhumano al que son sometidos en las celdas para proveer de "autitos" a comerciantes de Alasita y de ferias similares que se realizan en Perú.

Así lo revela la italiana Francesca Cerbini en su investigación "La casa de jabón. Etnografía de una cárcel boliviana" (Bellaterra-2012). El libro se basa en la investigación de tesis doctoral de Cerbini, quien entre los años 2006 y 2008 tuvo acceso al penal. El libro es una especie de caja de Pandora que devela la cotidianidad de esta cárcel donde no hay rejas ni vigilancia y donde las desigualdades de la sociedad se muestran en su forma más descarnada.
En las actividades más rentables de la cárcel de San Pedro existen dueños y empleados. Estos últimos son en su gran mayoría campesinos que migraron a la ciudad y que cayeron por robos menores o por la Ley 1008, de sustancias controladas. Imposibilitados de contar con recursos para comprar o alquilar celdas (peor para contratar un abogado y/o coimear a fiscales y jueces), éstos terminan como mano de obra barata  para los "inversionistas" del penal. Así las cosas, según el libro de Cerbini, la mejor inversión en la cárcel, dentro del marco de la legalidad, son las producciones de miniaturas en hojalata. 
"La mano de obra de los 'empleados' en la cárcel era mucho más barata que en el exterior y las ventajas económicas hacían que, incluso teniendo lista su libertad, no quiera irse quien era propietario de alguna de estas actividades empresariales. Los dueños se aprovechaban de los sueldos bajísimos (al interior del penal) y ahorraban gastos mediante el suministro gratuito de electricidad y agua para sus actividades".

Cerbini rescata varios testimonios. Aquí el de Víctor, de la sección San Martín, en el 2008. "Tengo un amigo que tiene tres celdas y hace 'autitos'. El tipo tiene su libertad pero no quiere irse porque no le conviene fabricar sus autos en la calle. Él emplea un montón de electricidad para soldar los carritos, para pintar los carros, la mano de obra".

Los productores que han pagado su cuota de afiliación pertenecen al rubro de los artesanos de hojalata de la cárcel lo cual les da beneficios -enmarcados en la Ley- para ejercer su actividad. Éstos se instalan en las secciones San Martín y Cancha, porque las celdas son más asequibles y el gasto de alojar a las "oficinas" de producción es más barato. Esto porque la mayoría de las personas más necesitadas, que son las óptimas para este tipo de trabajo, proceden de estas secciones. Y es allí donde se desarrollan relaciones de trabajo inhumanas que afectan a la salud de los "empleados".


La italiana señala en su libro que existe un periodo de prueba de tres a seis meses en los que los "empleados" trabajan sin derecho a sueldo. Esto mientras logran ser duchos en la producción de los "autitos". Obtienen a cambio solamente la posibilidad de alojarse en la celda de propiedad del dueño, donde a la vez trabajan. Una vez pasado el tiempo de prueba, comienzan a ganar de tres a cinco bolivianos por día con una jornada laboral de 10 horas (Datos de 2008).
"Más investigaba en el mundo sumergido de los hojalateros más era evidente que el negocio de los 'autitos' era otro tema tabú, como la violencia explícita sobre los reclusos o la presencia de las mujeres y los niños y niñas que vivían en cautividad. Los dueños rechazaban cualquier tipo de coloquio conmigo cuando entendieron que mis preguntas podían de alguna manera hacer visibles las condiciones de trabajo de sus empleados. Los mismos empleados empezaron a evitarme por miedo a perder su ocupación", narra en el libro la investigadora.

"La mayoría de los ayudantes se empleaban para la soldadura de las piezas del automóvil. Esta se obtiene mediante el uso de estaño y ácido muriático, que una vez juntados para pegar las piezas de hojalata emiten un humo denso, como una neblina, que el empleado aspira continuamente, puesto que no utiliza protección y además trabaja en el entorno cerrado de la celda. A pesar de comprender que las sustancias inhaladas podían a largo plazo resultar dañinas para la salud, muchos seguían trabajando en la soldadura porque con las ganancias conseguían pagar su celda, comprar un poco de comida extra y cubrir las necesidades más urgentes".



Fabricio, de la sección San Martín, contó su experiencia. "Al pulmón me ha afectado el ácido. Un fuego, temperatura fuerte y en la noche no podía descansar. Pero era para ganar el pan de cada día. ¿Qué voy a hacer? Mis niñas me piden, sin respetar que haga plata o no haya plata. He salido al Hospital del Tórax y me han dicho que tengo que comprar medicamentos, pero no tengo". 

Peor, sin embargo, es la situación de aquellos que se encargan de fabricar las llantitas de los automóviles de miniatura. La italiana describe como las gomas se ponen en moldes calientes y el contacto con la superficie igualmente produce una combustión que da como resultado un humo denso, negro y extremadamente tóxico.

El entonces sacristán de la Iglesia rememoró la muerte de un reo a causa de este trabajo. "Primero tenía dolor de estómago. Le ha afectado a los pulmones. Creo que ha durado dos o tres días en el hospital. (...) Cuando ha llegado el informe el médico dijo que se imaginaba que el señor debía de tener un trabajo donde había humo y claro, hemos dicho: ¡hacía llantas! (...) Aquí eres un esclavo y tienes que trabajar, producir y listo (...) Hay personas que tienen problemas en los ojos y en el estómago por el hecho de soldar".

Cerbini explica que los que trabajaban con los autitos manifestaban síntomas muy parecidos entre ellos. "La mayoría enflaquecía porque sentían que el ácido, al penetrar dentro del estómago, inhibía la sensación de hambre. Además, muchos notaban su boca 'agria', sus mucosas secas y la vista se hacía borrosa". Si bien esta investigación tiene datos del 2008, conocedores del sistema penitenciario boliviano, podemos señalar que la situación en San Pedro no ha debido cambiar en lo más mínimo. 

Leer el libro de Cerbini debería ser una obligación para los operadores de Justicia y de Régimen Penitenciario. Pero también debería serlo para nosotrxs que hacemos sociedad. No podemos seguir pasando por San Pedro sabiendo que en ese edificio, que alberga a centenares de bolivianos y bolivianas, se vulneran a diario los derechos más fundamentales del ser humano. 

Aquí un testimonio de un ex reo de San Pedro, retratado magistralmente por el cineasta Diego Mondaca en el documental "La Chirola".

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