martes, diciembre 15

LA ANTIÉTICA CAMPAÑA DE LA PRENSA

Dicen que en el amor, en la guerra y en los negocios todo vale. ¿Será? Me pongo a pensar, por ejemplo, en la nueva estrategia publicitaria de La Prensa. "Nosotros sí somos bolivianos". "Somos el único periódico independiente de La Paz". Esas son algunas de las frases idiotas que se pueden leer en las páginas de este periódico y que de seguro surgieron de "brillantes" marketeros que en su puta vida hicieron periodismo. Apuntan, claro, a la supuesta venta de La Razón a manos venezolanas. Y digo supuesta porque hasta ahora ni los propios trabajadores de La Razón sabemos con certeza para quien trabajamos. Y la verdad es que a mi me importa muy poco. Ni mi trabajo ni la de mis compañeros se vio afectada hasta ahora.
Sin embargo, me parece poco ética la campaña publicitaria de la nueva La Prensa. Una cosa es competir con el rival demostrando en el papel la valía de un trabajo. Y es en esa sana competencia en la que estamos enmarcados a diario los periodistas de La Prensa y de La Razón. Pero otra cosa es atacar con saña, recurrir al recurso fácil de utilizar la venta del diario para buscar robar publicidad y lectores. "No dé sus billetitos al periódico dirigido por venezolanos", es lo que en realidad buscan difundir con su estrategia. Sería bueno conocer la opinión de los compañeros de la redacción de Villa Fátima y saber si la nueva dirección, que será posesionada en estos días, mantendrá en pie esta estupidez.

martes, diciembre 8

¿ES LA PORNOGRAFÍA CULTURA?

La discusión sobre si la pornografía es cultura está en curso en Brasil nada menos que entre los sesudos senadores de la república. Ha levantado el problema el senador Augusto Botelho, del Partido de los Trabajadores (PT) que es el partido del presidente y ex metalúrgico, Luiz Inácio Lula da Silva.
No se trata de una discusión bizantina, sino enormemente práctica y actual. Se refiere a la decisión de Lula de ofrecer a todos los trabajadores que ganen menos de 1.500 reales (unos 800 euros) un vale cultura de 50 reales (18 euros) para que se lo gasten en algo de carácter cultural. Puede ser para ir al cine, al teatro, a un concierto, comprar un libro, etcétera. ¿Y si se lo quiere gastar en una revista porno?
Ésa es la discusión que han levantado los señores senadores y que ha interesado mucho a las empresas que publican pornografía. "Revistas y periódicos son también material cultural. Y si ustedes lo piensan despacio también la pornografía es cultura" afirmó el senador Botelho que introdujo en la ley que ahora debe ser ratificada por Lula, una enmienda para que los pobres, con la tarjeta cultura que van a recibir, puedan deleitarse con publicaciones de mujeres desnudas.
En millones de pueblos del país no hay librerías, pero sí hay puestos de periódicos y revistas y nunca faltan las pornográficas. En el Ministerio de Cultura se ha llegado a reflexionar sobre qué tipo de periódicos o revistas podrían ser considerados culturales o no, pero se abandonó la idea por la complejidad de definir el concepto de cultura en una publicación.
Según la Asociación Nacional de Editores de Revistas (ANER) sólo un 3% de las más de 4.000 revistas publicadas podrían considerarse no culturales. Para los editores de revistas la lectura de éstas es el primer paso para interesarse por los libros.
El vale cultura deberá ser pagado por las empresas de los trabajadores, menos un 10% que pagaría el trabajador. Los 50 reales para cultura son lo equivalente en España a 18 euros, algo muy significativo para un trabajador brasileño cuyo sueldo base es de 520 reales (200 euros)
Después de la bolsa familia que ayuda a 12 millones de pobres y de la bolsa cultura, Lula ya está pensando en crear la bolsa teléfono para que ningún pobre se quede sin él. De ahí su popularidad que ha llegado, según el último sondeo, a un 83% (y eso al final de su mandato).
Nota publicada en El País de Madrid

viernes, diciembre 4

Y MI VOTO ES PARA...

Debo confesar que estoy en un entuerto de difícil resolución: definir mi voto para este domingo. Sí, lo sé, es un simple voto; pero me gusta pensar que ese papelito que lleva plasmada mi marca podría cambiar la historia... !Qué linda es la democracia, carajo¡ !Así de importante te hace sentir¡
Debo confesar que desde el 2005 vengo votando a favor de Evo Morales y que desde entonces —como nunca había pasado en mis 30 y pico años— he venido discutiendo y distanciándome de mi familia beniana por defender el Gobierno de Evo. Y debo confesar que quiero que él siga en la presidencia, que continúe este proceso de cambio. Sin embargo, no deseo que el MAS acapare todo el Congreso, que su poder sea hegemónico, que a Evo se le suba a la cabeza el poder y se crea un mesías todopoderoso que puede hacer y deshacer a su antojo al país... Ese es mi temor. Quisiera que exista algún tipo de equilibrio político, votar por la oposición para que llegue al Congreso, pero al ver la cagada de opciones al frente (Manfred-Doria Media y sus secuaces) me dan ganas de llorar. ¿Voto en blanco? ¿Voto por Rime, por Joaquino quizás?
Estoy seguro de que muchos están en esta misma encrucijada. Y que sólo el domingo, frente a la papeleta, en la soledad del aula, se tendrá que dirimir esta balanza individual.

martes, diciembre 1

SANTA CRUZ, AGOSTO DE 2005

El siguiente es un fragmento del texto que el escritor mexicano Jorge Volpi publicó en el periódico español El País sobre América Latina. El título del documento es El insomnio de Bolívar.

2. A vuelo de pájaro
Santa Cruz de la Sierra, agosto de 2005
Cuando les confieso a mis amigos mexicanos que me dispongo a
pasar unos días en Santa Cruz, sus rostros no ref lejan asombro:
simplemente no tienen la menor idea de dónde se encuentra ese
sitio y carecen de cualquier tópico al cual aferrarse. Con ese nombre
evangélico y castizo bien podría ser un pueblo remoto de
Guatemala, Venezuela o el propio México. Ninguno imagina que
se trata de la ciudad más boyante de Bolivia porque ningún otro
mexicano que conozca, salvo un par de curtidos diplomáticos, ha
pisado jamás su territorio. Lo reconozco: hace apenas unas semanas

estuve por primera vez en La Paz y Cochabamba, invitado a un
congreso por mi amigo Edmundo Paz Soldán —el Dante de las
letras bolivianas, decía con cálida sorna Roberto Bolaño—, y hasta
entonces tampoco sabía nada de Santa Cruz de la Sierra. Ni, para
el caso, de Bolivia. Para mis compatriotas dirigirse allí resultaría
tan exótico como viajar a Kazajstán, Botsuana o la Luna. La comparación
no es exagerada: La Paz bien podría pertenecer a otro
planeta. Enclavada en el fondo de una olla rojiza en el corazón de
los Andes, a más de 3.000 metros de altura, rodeada —sería mejor
decir sitiada— por las agrestes barriadas de El Alto, con salientes
rocosas que lo asaltan a uno en cualquier bocacalle y una organización
urbana que no es tanto caótica como extraterrestre, la
capital del país no se parece a ninguna otra urbe que conozca. Aquí
los conquistadores y después los gobernantes criollos no se instalaron
en las colinas, sino que prefirieron establecerse en medio de
esta trampa mortal sin prever que con el tiempo los suburbios y
chabolas terminarían por acordonarlos. Pocas ciudades tan fáciles
de asfixiar como ésta: basta bloquear con unas cuantas piedras las
cuatro o cinco vías que conducen a la hondonada donde vive la
clase media y alta, como en efecto hicieron las tropas cocaleras de
Evo Morales en 2003, para aislar a sus habitantes del mundo exterior.
La consecuencia fue la prevista: el impetuoso presidente Goni
Sánchez de Losada envió a la fuerza pública a romper el sitio con
el trágico saldo de varios muertos y decenas de heridos, abriendo
las puertas para que este país abrumadoramente indígena contase
por primera vez con parlamentarios incas y aimaras y, a la larga,
con un presidente de esta etnia, el propio Morales.
Pero ahora no pretendo analizar el nuevo indigenismo latinoamericano,
sino dejar constancia de mi viaje a Santa Cruz, esa
ciudad remota, tan distinta por no decir opuesta a La Paz, esa ciu-
dad plagada de nuevas construcciones, casinos y antros de juego
que no oculta su inesperada riqueza. Los cruceños se distinguen
por ser industriosos y avaros —un poco como los regiomontanos
de México o los catalanes— y las mujeres, blancas o morenas claras,
tienen la obvia fama de ser las más hermosas del país. Aunque
pasé diez días en aquellas tierras, bastante más de lo previsto, no
recuerdo ningún rasgo distintivo de este lugar enclavado en el
corazón mismo de América del Sur. Y quizás esta falta de señas
de identidad sea su rasgo distintivo: una ciudad moderna, estable,
funcional, no demasiado hermosa ni folclórica, sin apenas centro
histórico o edificios coloniales, una ciudad normal, vamos, lo
cual es ya una anormalidad en esta parte del mundo. Al llegar me
entero, sin embargo, de que en unos cuantos días está programada
una huelga general. El objetivo es, como de costumbre, protestar
contra las políticas centralistas de La Paz, la distante capital que
es percibida como una amenaza indígena frente a la orgullosa
tradición criolla de Santa Cruz (y eso que todavía quedan lejos
la presidencia de Morales y las reivindicaciones autonomistas de la
provincia). Paso unos días apacibles deambulando por las calles y
mercados de la ciudad, sin mucho que hacer, en espera del gran
día. A diferencia de mi país, donde las huelgas se han extinguido
gracias a la dócil corrupción de nuestros líderes sindicales, aquí
todo el mundo se toma la cosa muy en serio. Una huelga general
es —nadie lo creería en México— una huelga general. En otras
palabras: nadie trabaja y, lo más sorprendente, nadie puede salir a
la calle en automóvil bajo amenaza de terminar con el parabrisas
apedreado. Como adelanto de lo que habrá de pasar en mi ciudad
en poco tiempo, toda Santa Cruz se convierte, por un día, en
espacio peatonal. Los niños juegan futbol en los bulevares, se instalan
puestos de comida en las esquinas, la gente se conforma sin
dificultad a esta brusca modificación de sus costumbres. Finaliza
el inaudito día de fiesta y los cruceños vuelven a sus casas. Poco
a poco la cadena de protestas cívicas, paros y huelgas dejan de ser
percibidos como interrupciones o molestias y se convierten en la
única vida cotidiana posible en América Latina.