viernes, enero 9

Ceder ante el miedo

A todos tocó el ácido de Charlie Hebdo, hasta Pinochet.

Wagner puede ser uno de los compositores más grandes de la historia, pero está vetado en Israel. No hay una prohibición escrita, pero puedes estar seguro que su música jamás alcanzará el top ten de preferencia. ¿La razón? Wagner tenía tendencias antisemitas y era el músico preferido de Hitler. Se dice, incluso, que sus composiciones resonaban en campos de concentración mientras centenares de judíos eran asesinados.

Aún así, han sido los propios músicos israelitas los que se han dado el lujo de mostrarse irreverentes en su propia tierra. En 1981 la Orquesta Filarmónica de Israel, dirigida por Zubin Mehta, interpretó la ópera “Tristán e Isolda”. Pero no pudo concluir con su presentación porque uno de los asistentes subió al escenario y mostró su torso con las heridas sufridas en un campo de concentración nazi. Décadas después, el director de orquestra Daniel Barenboim tocó una pieza wagneriana, invitando antes a cualquier asistente que se sintiera incómodo a abandonar el lugar. Muchos lo hicieron golpeando las paredes y acusando a gritos al director de ser fascista y pronazi. Luego, autoridades israelíes atacaron a Barenboim públicamente acusándolo de cometer “violación cultural”. Se abrió entonces un debate que hasta hoy se mantiene vigente. Ataques y contraataques que llenaron páginas y páginas con argumentos de ambos lados.



Se podría acusar a estos dos músicos de ser irrespetuosos, insensibles y hasta arrogantes, pero de ninguna manera se podría concluir que sus acciones estaban impulsadas por el odio y que buscaban incitar a la violencia. En la otra acera, se podría tachar de intolerantes y autoritarios a aquellos espectadores y autoridades que, tocados en su sensibilidad, censuraron a los músicos. Pero tampoco se puede decir que esas críticas y exabruptos buscaban provocar represalias violentas en contra de los artistas. Se golpeó paredes, no personas.

Ese, señoras y señores, es el ejercicio pleno de la libertad de expresión. Es, en ese sentido, sostener lo que crees con argumentos antes que amparado en la violencia.

Por su puesto que la libertad de expresión tiene sus límites. La calumnia y los mensajes que incitan de forma directa al odio del otro y a la violencia; que de forma deliberada buscan poner en riesgo la vida de las personas o la seguridad de un país... Esos son temas donde cada sociedad pone el acento que cree necesario. En Alemania, por ejemplo, la arenga nazi y el insulto antisemita están prohibidos. Y lo están porque vienen cargados de mensajes que alientan a la coacción y acompañados de hechos demostrables de crímenes de odio. En Bolivia, los mensajes que incitan a la discriminación de las personas por su color de piel, su religión o su preferencia sexual son censurados. 

Dicho esto, pregunto: ¿El trabajo de la revista francesa Charlie Hebdo se adscribe a alguna de las categorías mencionadas anteriormente? ¿Están cargados de odio? ¿Invitan a la violencia?

El 2011 la revista fue atacada y sus trabajadores -amenazados de muerte por la publicación de una caricatura de Mahoma- respondieron con una caricatura en la que dos hombres (un musulmán y un caricaturista de la revista) se dan un beso apasionado, bajo la leyenda “el amor es más fuerte que el odio”. ¿Es esta una actitud que incita al odio y a la violencia?

Personalmente debo decir que la mayoría de las ilustraciones de la revista Charlie Hebdo me resultan de mal gusto. No compraría una publicación como esta ni tampoco la recomendaría. Es más, considero que los dibujantes de la publicación francesa hallaron en dibujos de tono efectista una veta para generar polémica y, así, permanecer vigentes en el competitivo mercado editorial francés. Cayeron en imposturas y apuntaron con demasiado ímpetu a aquellos que –sabían- generan mayor temor y recelo en Europa. 

Imposturas, claro, como muchas ejercidas por artistas contemporáneos que apelan más al escándalo que al talento artístico para mantenerse en boca de todxs. 

Me parece, en ese sentido, que el trabajo de nuestros caricaturistas bolivianos, como Al-Azar o Abecor, están a salvo de esas tendencias. 

A pesar de esta apreciación personal, jamás caería en la idiotez de considerar el trabajo desarrollado por Charlie Hebdo de xenófobo, racista y alentador de violencia. Que yo sepa, en las más de tres décadas de trabajo de la revista francesa ninguna persona ha muerto a causa de sus dibujos ni creyente religioso se ha alejado de su fe debido a los trazos ácidos de los artistas de la publicación francesa. Tampoco, si se distribuyera en Bolivia, abogaría por que nadie compre la revista. Simplemente yo no la compraría y, en cambio, de seguro me tendrían atacando algunas de sus portadas desde este pinche blog.  

Pero resulta que algunxs sabiondos acusan hoy a los dibujantes de Charlie Hebdo de ser racistas, xenófobos de ultra derecha y hasta pro imperialistas. Esto, en realidad, demuestra una ignorancia que raya en lo deshonesto. Preocupa, además, que algunas autoridades nacionales se hayan sumado a esta sesgada mirada. Eso demuestra un desconocimiento total de la historia, no tanto de la revista sino de la caricatura política en sí misma. Falta de conocimiento que –en el caso específico de Charlie Hebdo- bien se podría haber saldado si antes de hablar se hubieran tomado la molestia de navegar un poco por internet para leer y repasar algo de su trabajo. 
¡Lo hubieran hecho aunque sea por respeto a los 12 que cayeron masacrados en la sala de redacción!

Charlie Hebdo no es una revista común y corriente, como Cosas o Vanidades. Es una publicación dedicada a la sátira política, un recurso que se basa claramente en ridiculizar al extremo las conductas humanas: individuales y colectivas. Bolivia no cuenta con algo parecido por lo que se hace difícil hacer un parangón. La revista atacaba lo que consideraba eran acciones basadas en fundamentalismos, vinieran de donde vinieran. Y lo hacían armados de una caricatura extrema, cosa que tampoco se hace en el país.

Ni siquiera Pinochet se salvó del ácido trazo de los dibujantes franceses que conformaban la revista en los años 70, año que, además, fue prohibida por el Gobierno francés debido a una sátira al recién fallecido Charles de Gaulle.

Se puede criticar (desde la mirada subjetiva de cada quien) la forma en que sus dibujantes manejaban la sátira: irrespetuosa, sin contemplaciones, de mal gusto, rayando los límites de lo blasfemo y el sentido común. Pero jamás se podría, ante ello, endilgar a sus dibujantes un propósito de favoritismo ultraderechista, racista y xenófobo. Peor aún se podría apoyar actos de censura contra sus publicaciones y, menos aún, bajar la cabeza ante intentonas de violencia física a sus creadores. 

La revista definía su línea editorial como de “izquierda plural”. Desde sus páginas se atacó incansablemente a la extrema derecha (alguna de las ilustraciones más graciosas son las dedicadas a Le Pen) y a TODAS las religiones. Incluso en sus artículos la revista se estrelló duramente contra integristas católicos y el judaísmo. 

Hay que decir, claro, que es bien cierto que sus trazos satíricos se centraron con mayor dureza en contra de los integristas religiosos musulmanes. El 2011 dedicó toda una edición al profeta Mahoma, quien aparecía como editor invitado. Aparecía como caricatura en la portada advirtiendo a los lectores de una condena de “cien latigazos” si al leer la revista no “morían de la risa”. Ese año la revista fue atacada, sus oficinas destruidas, su página web hackeada y el personal amenazado de muerte.

Los ilustradores mantuvieron desde entonces una crítica feroz contra los extremos del islamismo. Y esta reacción tiene lógica, en el entendido de que lo contrario hubiera sido cerrar la revista o dejar de tocar los temas por los que fueron atacados. Y eso hubiera implicado claudicar a su derecho de libre expresión. Hubiera significado dejar en claro que el miedo es más fuerte que el derecho democrático de expresar las opiniones de forma libre sin por ello esperar que el mazo toque tu cabeza.

Argumentar que “ellos se lo buscaron” es tan terrible. Es asumir que hay que ser políticamente correcto si es que uno quiere mantener su integridad física intacta. Es decir que ante cualquier amenaza hay que ir cerrando la boca. Y así claudicar la posibilidad de ejercer toda crítica. ¿Te das cuenta de la gravedad de este extremo? Lo peor en el caso del atentado de Charlie Hebdo es que seguir esa línea de pensamiento no hará más que acentuar los discursos de la extrema derecha que apuntan a que todos los islamistas son unos monstruos. Y lo más triste de todo: ahora toda la maquinaria bélica de Occidente caerá en contra de los de siempre: la población civil musulmana que sufre el estigma del terrorismo. Pobre Palestina, pobre Afganistán, pobre humanidad.
Ceder ante los fundamentalismos -que nada tiene que ver con la gente que sigue y defiende su fe religiosa con argumentos pacíficos- es claudicar ante el miedo y, por ende, defraudar los preceptos básicos de la propia libertad. No podemos ceder ante el miedo, jamás. Porque cuando lo hagamos la humanidad habrá perdido toda razón de ser.