martes, febrero 24

La hermosa suicida

Mi historial suicida es una vergüenza. Un insulto a la memoria de quienes lograron hacer de su autodestrucción un proceso de elevado sentido poético. Allí está Alfonsina Storni adentrándose en el mar. O Virginia Woolf llenando de piedras los bolsillos de su abrigo para luego sumergirse en un río. O Jacques Rigaut, creador de la Agencia General del Suicidio, pegándose un tiro en el corazón sobre el lecho de muerte que había preparado con minucioso detalle.
Nada que ver con mi pusilánime historial suicida que se reduce a un par de tentativas nada glamorosas incitadas por el alcohol, y de las que sólo ha quedado una cicatriz en mi muñeca derecha de 3,5 cm que se asemeja a un regordete ciempiés con una cabeza de perro chiguagua. Una grotesca caricatura de aquel ideario de apresurar el final con estilo.

La decisión de morir y hacer de esta decisión un acontecimiento sublime tiene un grado de belleza no solo reservado a las atormentadas almas artísticas. Y quizás el mejor ejemplo de ello es Evelyn McHale, una estadounidense que a sus 23 años decidió acabar con su vida sin saber que su desesperado intento por desaparecer del mundo sin dejar huella terminaría por inmortalizarla.


Nada había en Evelyn McHale que pudiera explicar su decisión de suicidarse. Ni problemas económicos, enfermedades o desamores la atormentaban. Incluso un día antes de su muerte se había aventurado a viajar desde Nueva York a Easton para celebrar el cumpleaños de su prometido. Nada hacía suponer lo que se venía. “Cuando la besé para despedirme, ella estaba feliz como cualquier mujer antes de casarse”, declararía luego el novio de la californiana.

¿Qué pasaría por la mente de esta mujer en el camino de regreso? Imposible saber. Lo cierto es que una vez que llegó a Nueva York -el 1 de mayo de 1947- se trasladó directamente hasta el piso 86 del Empire State, donde se alza la plataforma de observación. Salto al vacío para impactar luego sobre el techo de una limosina que estaba estacionada en la acera. Al otro lado de la calle, un joven estudiante de fotografía llamado Robert Wiles escuchó un sonido como de explosión. Cuatro minutos después de la muerte de Evelyn McHale, Wiles captaría una imagen que luego se conocería como el retrato de la “bella suicida”. 

La imagen de Wiles magnetiza. Y no se trata de simple morbo. Hay belleza en la muerte de Evelyn McHale. En medio de la destrucción que su cuerpo ha provocado, ella yace inquietantemente apacible. Los cristales rotos y el acero retorcido la envuelven, pero su rostro emana calma. Los tobillos se muestran cruzados suavemente, mientras su mano enguantada se mantiene aferrando el coqueto collar que lucía en el cuello. Los dedos de la mano derecha regalan una agraciada curvatura. Nada en el retrato delata la violencia con la que acaba de acabar una vida.

“No quiero que nadie dentro o fuera de mi familia vea ninguna parte de mi. ¿Podrían destruir mi cuerpo cremándolo? Se lo ruego a mi familia –no hagan ningún servicio para mi ni recuerden nada de mi. Mi prometido me pidió que me casara con él en junio. No creo ser una buena esposa para nadie. Él es mejor persona sin mi. Digan a mi padre que tengo muchas de las tendencias de mi madre”. 

El cuerpo fue reconocido por su hermana, Helen. Y de acuerdo a los deseos de Evelyn, sus restos fueron cremados. No existe una tumba que visitar. 














La familia decidió guardar silencio, borrar a Evelyn y su extrema decisión del mundo, tal cual ella solicitó. Sin embargo, la imagen captada por Wiles no pasó inadvertida. Publicada semanas después en la tapa de la revista Life, el retrato impresionó tanto al artista Andy Warhol que éste se apropió de la imagen para dar vida, años después, a su obra Suicide (Fallen Body). No fue el único. Desde entonces decenas de artistas (y hasta empresas publicitarias) han reutilizado la imagen de Wiles. Toda una paradoja para un ser que con su muerte soñó desaparecer del mundo. Sucede que hasta nuestra propia muerte está fuera de nuestras manos.