miércoles, marzo 29

Bertha va a la guerra


No hay calles que lleven sus nombres, fechas cívicas que recuerden sus gestas ni plazas que atesoren sus bustos bañados en bronce. Son como fantasmas que de tanto en tanto reaparecen testarudos para evitar ser engullidos por el paso del tiempo. Se trata de los héroes anónimos de la Guerra del Chaco, hombres y mujeres comunes y corrientes que escribieron historias extraordinarias en medio del zumbar de la metralla. Pero para conocerlos -y celebrarlos- es necesario cerrar los libros oficiales de historia donde nunca serán protagonistas y navegar por la densa bruma de la memoria de quienes hoy aún se niegan a olvidarlos. Es así, montados en sus recuerdos, que podemos rescatar hazañas como la de la beniana Bertha Barbery Moreno. 



La hora de la guerra
Es enero de 1935. Han pasado dos años y siete meses desde el estallido de la guerra y la situación de Bolivia no podría ser peor. El presidente Daniel Salamanca ha sido obligado por los militares a renunciar a su cargo en plena zona de operaciones. El sistema político boliviano está en crisis. Luis Tejada Sorzano dirige el país a regañadientes. Mientras tanto, en el campo de batalla, Bolivia suma derrota tras derrota bajo la conducción de un comando que hace mucho ha perdido la brújula. El avance enemigo parece imparable. Un sueño que parecía imposible para el Paraguay al inicio de la guerra, llegar hasta el río Parapetí, se hace realidad el 14 de enero tras un combate que obligó a las fuerzas bolivianas a retroceder hasta los contrafuertes de la cordillera de Los Andes. Paraguay está a un paso de tomar Villa Montes. Y si Villa Montes cae, la derrota de Bolivia será inminente. El país se ha visto obligado a disponer la movilización general. Todo varón hábil de 17 a 60 años ahora está obligado a empuñar el fusil. 

Y mientras ambos países se preparan para la batalla final, a cientos de kilómetros del Chaco, en La Paz, una historia de amor ha germinado y el eco de esa relación muy pronto llegará hasta el campo de batalla.

En el nombre del amor
La relación entre Bertha Barbery y Adolfo Weisser tiene la impronta de esos amores cuya intensidad lo trastoca todo. Ella, una adolescente de 16 años cuyo rebelde temperamento la había llevado a dejar su cálida Riberalta para instalarse con su abuela en las alturas de La Paz. Él, orureño y militar a carta cabal. En la primera etapa de la guerra había caído prisionero, evadido a sus captores y marchado una vez más al frente de batalla donde, meses después, cayó herido. A finales de 1934, Weisser -que en algunas reseñas aparece como teniente y en otras como suboficial- llegó hasta La Paz para terminar su periodo de recuperación.

Nunca sabremos a cabalidad las circunstancias en que estas vidas colisionaron ni conoceremos cómo el manto del amor los envolvió. Lo único evidente es que desde ese día decidieron que no dejarían que nada los separara, ni siquiera la guerra.

Llega febrero, un veloz matrimonio y la proximidad del adiós. Adolfo Weisser, ya recuperado, debe retornar al campo de batalla. Pero ni él ni Bertha pueden conformarse tan fácilmente con tan pronta separación. Poco a poco la pareja mastica la idea de partir juntos hacia el Chaco. Ese sentimiento pronto se transforma en un elaborado y arriesgado plan. Bertha tendrá que cambiar de identidad, presentarse como hombre en algún centro de reclutamiento en La Paz, enrolarse como soldado y marchar hacia la zona de operaciones con el fusil en la espalda.

El plan es arriesgado pero es ejecutado por los enamorados sin vacilar. Bertha se corta el cabello, se faja el pecho, se calza ropa masculina, se sube la edad y adopta el nombre de Humberto Weisser. Desde ahora se presentará públicamente como el hermano menor de Adolfo. Y éste, aprovechando sus contactos dentro de las estructuras del Ejército, logra que el proceso de reclutamiento sea expedito. 

Bertha parte rumbo a los dominios de la guerra dispuesta a luchar por su amor y por su patria. Lo que aún no sabe es que en su vientre se está gestando un nuevo ser. 

La hora de la verdad
Abril de 1935. Reforzada con la inyección de los nuevos contingentes de soldados, la defensa boliviana de Villa Montes ha resultado exitosa. Más de una treintena de asaltos paraguayos han sido repelidos, dejando importantes bajas entre las filas enemigas. 

Al no poder conseguir su objetivo principal, el Comando paraguayo ha trasladado sorpresivamente su ofensiva hacia el ala izquierda de la zona de operaciones. Allí se encuentra Bertha, ocupando dentro del II Cuerpo del Ejército boliviano la identidad del soldado Humberto Weisser, de 19 años.

Hablar poco y socializar lo mínimo posible han sido parte de las estrategias que ha utilizado para mantener oculta su verdadera identidad. Esta tarea no se le hace tan complicada de llevar adelante dentro de la línea de fuego. Después de todo ante la presencia de la muerte poco interesa la vida ajena. La prioridad de cada soldado es obedecer órdenes y sobrevivir en el intento. 

Adolfo ha sido reubicado en otro sector de la línea de fuego. Antes de partir ha solicitado a sus superiores evitar en lo posible el poner en riesgo la vida de su "hermano menor". Pero la guerra no concede privilegios.

Bertha participa en las operaciones de defensa de Charagua combatiendo junto a una pieza de ametralladora. Es parte de las acciones en Laguna Hedionda, Aguas Calientes y Huarirí.

La potencia de la arremetida paraguaya y la enorme extensión del frente de operaciones en este sector obliga a los defensores a retroceder hacia el norte. Charagua cae y la tropa boliviana busca reorganizarse para iniciar la retoma.

Una vez instalados en la retaguardia, entre los compañeros de Bertha comienzan a surgir sospechas sobre identidad. Los soldados especulan y pronto las dudas llegan hasta los oídos de los superiores. El médico convoca al joven combatiente hasta el puesto de Sanidad. Le pide que se desvista para una revisión de rutina. El soldado se niega. El galeno reitera la orden y entonces no queda más que revelar la verdad: Humberto Weisser no existe. Ha sido tan sólo la fachada donde se ha cobijado una mujer enamorada. La sorpresa es mayúscula. Surgen las amonestaciones y los pedidos de aclaraciones. Unos celebran la presencia de una mujer entre los combatientes, otros temen el inicio de un nuevo conflicto diplomático. "Las mujeres no combaten", reniegan. El comando no delibera demasiado. Decide sacar inmediatamente a la adolescente de la zona de operaciones y trasladarla hasta el puesto de Sanidad del II Cuerpo del Ejército. Mientras se aguardan nuevas instrucciones, Bertha logra que se le conceda ser incorporada como ayudante de enfermería, auxiliando en el trabajo de cuidado de los centenares de heridos que llegan desde la zona de combate. Bertha permanece en este puesto por cerca de un mes, a la espera de noticias de su esposo. Éstas llegan desde el frente. Adolfo Weisser ha caído herido en una de las acciones que ha permitido a Bolivia retomar la población de Charagua. Adolfo ha pasado de puesto en puesto antes de recibir ayuda médica efectiva. Finalmente es internado en el hospital de Charagua, donde se reencuentra con su pareja. Weisser ha perdido una pierna a causa de la gangrena, pero esto no ha evitado que la infección se extienda a otras zonas de su cuerpo. Los médicos toman la decisión de evacuar al militar hasta Sucre para intentar salvarle la vida. Pero el destino de Weisser está sellado así como lo está el de la guerra.
Bertha, junto a su familia.

El 14 de junio el rugir de las armas se acalla en todo el Chaco. Ha llegado la paz. "No hay vencedores ni vencidos", vende la diplomacia y el continente celebra el final de la sangría. Pero los efectos de la guerra no desaparecen, nunca lo hacen. 

El 7 de agosto de 1935 el corazón de Adolfo Weisser dejará de latir en una cama de hospital. Y cuatro meses después, en diciembre, nacerá Chichi.

Bertha, la adolescente que empujada por el amor se entregó al fragor de la guerra, retornará a La Paz: viuda y con una hija a cuestas.

Oscar Barbery, hermano de Bertha. 
Llegarán las condecoraciones, la Cruz de Bronce, una peleada declaratoria de Benemérito de la Patria, la exigua renta. Aparecerá un nuevo amor y con éste el exilio hacia Argentina y el nacimiento de otros tres hijos. Y llegará la muerte que la encontrará a los 86 años en Buenos Aires, muy lejos de la tierra donde muy temprano aprendió que el amor, si es tal, exige entrega total. 

Claro, llegará el olvido. Ese velo que cubre a centenares de hombres y mujeres cuyos actos extraordinarios quedaron enterrados en las arenas del Chaco y que la historia oficial jamás rescatará.


6 comentarios:

Juan Carlos Vilar Sandoval dijo...

Muy conmovedora la historia, el destino de tan valerosa mujer. El destino les pidio la prueba mas grande de amor y ellos la dieron por completo.

Red de Creadores y Autores del Audiovisual y Cine de Cochabamba dijo...

buenisima la jhistoria!!!

patriciavargas dijo...

Pero habrá gente que no deje en la clandestinidad estás historias y las transmita, porque la historia hace a los pueblos. Gracias Javier

Oscar Martinez dijo...

Esta historia me ha conmovido profundamente, tanto que la leí tres veces y se la estoy haciendo leer al que se me cruza por el Facebook. Gracias, de verdad, por rescatar estas historias.

La Susanita López dijo...

Se me derrite el corazón con esta historia, gracias por sacarla del olvido!

El del Ágora dijo...

Llegué a Elio Vera por la lectura de "En busca del Hueso Perdido. Tratado de paraguayología" que me prestara Carlos Salinas Gutierrez; me había dicho que tenía un parecido en su texto a "Con olor a pujusó" que yo había publicado más o menos en el mismo tiempo. Degusté la lectura irónica sobre el alma paraguaya escrita por alguien que la conocía, la había estudiado y se entretenía develándola. El libro comparte ese tipo de evidencias que sólo pueden ser escritas desde dentro de casa y por los propios, pues lo que dice debe leerse con conmiseración encubierta y respetuosa, bajo el riesgo de generar incomodidades. Como las que tenemos los bolivianos cuando un cruceño escribe sobre los collas, y viceversa.

En junio del año 94 viajé a Asunción y a través de amigos comunes, nos reunimos a tomar un café en el Bolsi para conversar de nuestros libros. En una charla distendida y socarrona, hablamos de las curiosidades recurrentes en las que incurren bolivianos y paraguayos cuando no hay apuro, la Guerra del Chaco con sus guaranias y cuecas, sus héroes anónimos (le conté del Coronel Carmelo Cuéllar que él había escuchado nombrar, y de mi tía Bertha Barbery que se alistó vestida de soldado para acompañar a su marido al frente), el general Stroessner y la democracia que se iniciaba por el golpe de su compadre el General Rodriguez, la azaña boliviana, cuando ellos no, de estar en el mundial "gracias a Askargorta y Echeverri"...

La construcción de imaginarios comunes boliviano-paraguayos superada las heridas de la guerra, tienen todavía mucho que recorrer más allá de las declaraciones oficiales. Cuando los caminos se utilicen para que la gente vaya y venga y se continue poniendo en valor los aprendizajes comunes en torno a las Misiones de Moxos y Chiquitos, descubriremos por qué lo único que nos divide es la distancia, que cada vez está más cercana.

Hoy, desde Asunción y viendo que la obra tiene más de 15 ediciones, recuerdo lo que me dijo sobre su libro cuando le agradecí que através de él podíamos conocer un poco más a los paraguayos: "Lo escribí para divertirme".Y a esta altura, debo confesar que no le he devuelto su libro a Carlos...